domingo, 22 de febrero de 2015

Los 60


Hace algunos años, unos taranconeros tuvieron la idea de celebrar una fiesta disfrazados al estilo sesentero. Concretamente, el sábado siguiente a carnaval. Pasado el tiempo, la fiesta se ha convertido en una tradición profundamente arraigada. Un evento que reúne a miles de personas, del pueblo y de fuera, vestidas al estilo de la época y escuchando la música de entonces.





martes, 3 de febrero de 2015

"La Endiablada"

Llegamos sobre las nueve y media de la mañana al pueblecito de Almonacid del Marquesado, Cuenca. Queremos conocer a los "diablos" que, durante los tres primeros días de febrero, recorren las calles del pueblo. Pero las calles están vacías. Preguntamos a un señor donde está la famosa "Endiablada" y nos dice que debemos buscarles porque se encuentran dando vueltas por el lugar. El único sonido que nos guía es el de unos cencerros lejanos. Seguimos los trazos que el estruendo dejan entre las blancas paredes y en una calle encontramos la colorida procesión.

Los "diablos" visten trajes, hechos por ellos mismos, con los estampados más llamativos posibles. Llevan un gorro a juego que está coronado por flores durante la mañana y se cambia a una mitra roja por la tarde. También destacan los bastones artesanos de madera que sostienen en sus manos y suelen representar demonios. El colofón de tan peculiar indumentaria son los tres enormes cencerros que cuelgan de sus espaldas. Como contrapunto están las "danzantas", unas jóvenes que recorren las calles bailando al ritmo del tamboril y las dulzainas con sus preciosas faldas y delicadas mantillas.

En la fiesta sólo pueden participar los nacidos en el pueblo aunque los visitantes son muy bienvenidos. Tanto que una amable vecina, al vernos perdidos, nos invitó a su casa para comer unas deliciosas rosquillas y tortas caseras. Y ya de paso, entrar en calor durante un rato. María Teresa nos explicó que la bollería se hace para entregarla a los "diablos mayores", los ancianos del pueblo, que llaman a todas las puertas para recaudar la dulce limosna. Originalmente, en épocas de enorme pobreza y escasez, las rosquillas se hacían para alimentar a los "diablos" pero desde hace muchos años se dona a Cáritas.

Tras recorrer todas las calles de Almonacid, los "diablos" entran a la iglesia donde ofrecen una enorme rosquilla a la virgen de la Candelaria y dan vueltas en el interior del templo haciendo resonar  sus cencerros. Tras esto, van a descansar y reponer fuerzas mientras las "danzantes" animan la placita central con sus bailes.

Una hora después, los "diablos" vuelven a la iglesia para comenzar la procesión con la figura de la virgen. El paso es escoltado por unos enfervorecidos "diablos" que extienden sus brazos en cruz mientras brincan frente a la virgen como señal de devoción. Durante el recorrido, hay dos cuestas que aprovechan para recorrerlas con enormes saltos. Al final, devuelven el paso a la iglesia con el mismo jaleo con el que fue sacada.

Después, regresamos a Madrid tras haber disfrutado de una tradición tan antigua que se ignora cuál es su origen. 
















lunes, 15 de septiembre de 2014

Semillas

Creo que hay dos clases de personas. "Raíces" y "semillas". Las primeras son quiénes desde muy jóvenes encuentran su lugar en el mundo. Las segundas buscan ese lugar constantemente.

Las "raíces" no tienen por qué ser gente feliz o a la que les vayan las cosas bien. Simplemente pueden estar anclados a un sitio o a un estilo de vida porque no han tenido la oportunidad de conocer otra cosa. Las "semillas" quizás son personas con trabajos y cualidades envidiables que arrastran un amargo poso de insatisfacción.

Mientras que las "raíces" suelen aceptar de mejor manera las circunstancias que les sobrevienen y se aferran incluso a aquello que les hace la vida más complicada, las "semillas" terminan dejándose arrastrar por los caprichosos vientos de la vida. Experimentan, se pierden por caminos poco transitados, se decepcionan, fracasan de manera estrepitosa y se recomponen milagrosamente. Una y mil veces.

Ninguna clase es mejor que la otra. Son dos formas diferentes de vivir. Cada una tiene sus ventajas y sus desventajas. Creo que las personas "raíces" comienzan siendo felices por la seguridad que sus posesiones les ofrece. Pero esta complacencia va degradándose con el tiempo entre sentimientos de estar perdiéndose cosas importantes de la vida. Sin embargo, nunca serán lo suficientemente fuertes como para demoler lo construido. Las "semillas" terminan sintiendo en algún punto que han perdido el control de las cosas y se muestran dispuestas a recuperarlo. En esa búsqueda suelen tomar decisiones radicales y renunciar a cosas muy importantes con la esperanza de estar haciendo lo que verdaderamente desean en la vida.

En realidad, todos buscan la felicidad. La única diferencia es temporal. Unos la encuentran siendo jóvenes, otros durante su madurez, algunos en la vejez y muchos jamás fueron felices. Cada individuo es un mundo diferente y la vida no tiene reglas que puedan aplicarse a todos. Hay quién creía ser "raíz" y terminó descubriendo que era "semilla". Y "semillas" que al final se convierten en "raíces". Hay tantas opciones como personas.

Particularmente siento una gran simpatía hacia las "semillas". Y dentro de ese grupo, me atraen los grandes viajeros. Personas que tras muchos años de infelicidad deciden cortar radicalmente con todo y lanzarse a descubrir el mundo. Sin fechas, sin mapas, sin rutas trazadas y sin límites. A veces, hasta sin dinero. Gente que con una mochila llena y un pánico terrible cerraron la puerta de su casa y tiraron la llave.

Y aunque todos tienen orígenes y circunstancias completamente distintos,  su fin es el mismo. De todas las historias que he conocido, y me quedan por conocer, me conmueve una en concreto. Se trata de Manuel, un hombre nacido en Hermosillo, que con cuarenta y seis años ha tomado la determinación de cruzar América Latina en un Volkswagen del año '74 reconvertido a su gusto. Su intención es llegar a Ushuaia, en Argentina, la población más austral del planeta. Un literal "Fin del Mundo" en el extremo de la Tierra del Fuego. Muy cerca del Polo Sur. Aunque lo cierto es que la decisión estaba tomada hace cuatro años. O quizás desde muchísimo antes.

Manuel nació en el seno de una familia acomodada. Su padre era dueño de varios negocios de artesanías turísticas así que desde muy joven aprendió la mecánica de las ventas. Sin embargo, el ambiente familiar no era de su agrado. La familia parecía estar más unida por el dinero que por el cariño, así que con diecisiete años dejó la casa de sus padres. Se marchó a vivir con su tío, que era peluquero y le enseñó el noble oficio. Como tampoco le gustaba estar encerrado en la peluquería terminó alistándose a la Fuerza Aérea Mexicana. Allí alcanzó el grado de Sargento Primero Fusilero Paracaidista pero su servicio militar se vio truncado cuando recibió un disparo en el estómago durante un enfrentamiento con narcotraficantes en la Sierra Alta de Chihuahua.

Este desafortunado incidente le costó varios meses de ingreso hospitalario y 53 centímetros del intestino delgado. Tras esto, regresó a la vida civil. Entonces Manuel decidió casarse... por tercera vez. Se mudó a Culiacán donde empezó a trabajar como jefe de seguridad en un centro comercial y como guardaespaldas de un importante empresario local. Sin embargo, su última relación no funcionó y se trasladó de nuevo a Hermosillo donde volvió a casarse por cuarta vez y tuvo el primero de sus tres hijos.

Habían pasado varios años desde que salió de casa y Manuel ya había vivido varias vidas. Los oficios, los hogares y las mujeres cambiaron pero siempre mantuvo la pasión por descubrir México. Tanto que a lo largo de casi tres décadas, residió durante una temporada en alguno de los treinta dos estados que componen la nación. Además de visitar otros países de Centroamérica. Una atracción que él explica en el placer de comprobar la riqueza del país. En la diferencia entre los paisajes, las gentes, la comida, los olores, la manera de hablar, de sentir y hasta de emocionarse.

El momento más duro de su vida sobrevino tras el divorcio de su sexta y última esposa. La separación física de su hijo más pequeño, con el que se sentía especialmente unido, le sumió en una profundísima crisis existencial. El dolor por la soledad le llevó a cuestionarse el sentido de su vida. No entendía por qué estaba en el mundo. Se sentía fracasado por no poder estar educando a sus hijos y verles crecer. También por haber sido incapaz de conservar una pareja. Y por no tener un oficio concreto, ni un trabajo del que fuera a jubilarse. Y como dice la famosa frase, tampoco había plantado un árbol ni escrito un libro.

Su malestar era tal que llegó incluso a sentirse culpable de "respirar un aire y beber un agua que quizás otro hubiese aprovechado de mejor manera". Pero sacó fuerzas de la nada. No quiso deprimirse y por eso dejó de beber alcohol. Un día en su departamento de Veracruz habló seriamente consigo mismo. Se preguntó por qué su vida había sido de aquella manera, por qué le sucedía todo y qué era lo que verdaderamente buscaba. Se dio cuenta de que su anhelo era viajar. Entonces la luz volvió a brillar dentro de él. Supo que debía ir más allá de Centroamérica e inmediatamente se ilusionó de nuevo con la vida.  

Primero pensó en hacer el viaje con una mochila al hombro. Después en moto y finalmente en auto. Cuando anunció sus intenciones, todo su entorno se burló de él. Tanto su familia como amigos y compañeros de trabajo le tomaron por loco. Nadie le creyó capaz de hacerlo. Pero Manuel no desistió. Encontró por internet el viejo Vocho que le interesaba. Sin embargo, sus ahorros eran insuficientes para comprarlo. Durante varias semanas estuvo negociando telefónicamente con un vendedor del D.F hasta que finalmente rebajó el precio que podía permitirse. Pidió un día libre al jefe de su peluquería para recoger el auto en la capital pero como éste se negaba a concedérselo, Manuel dejó el trabajo. Regresó a Veracruz, feliz como un niño con su espléndido Vocho. Y además tardó muy poco en encontrar empleo en otra peluquería.

Durante varios meses se dedicó a arreglar el vehículo pero desafortunadamente la torpeza de un mecánico provocó un accidente que destrozó toda parte delantera. Así que Manuel tuvo que reconstruirlo por sí mismo. Todo parecía ir perfectamente. El coche estaba casi listo y él también, hasta que la desgracia sacudió a su familia. Su hermano falleció a los treinta y ocho años y seis meses después detectaron a su madre un cáncer de mama. Manuel tuvo que posponer todo e ir a Ensenada para estar con ella. Alternó varios trabajos con el cuidado de su mamá, que tras un año de tratamientos logró sobreponerse a la enfermedad.

En pocas semanas, Manuel comenzará otra nueva vida. Será justo cuando acabe el verano para dar paso al otoño. Su Vocho, bautizado como el "7 Mares", arrancará con dirección Argentina. Y puede que después al resto del mundo. Pero no va solo. Le acompaña una amiga, Marely, y "Pancho Parrandas", un simpático muñeco mariachi que representa todo lo que Manuel "no se atreve a ser".  

Y aunque nuestro protagonista sigue sin contar con el cariño y el apoyo de su entorno, él se siente tremendamente dichoso y en paz con todo. Antes de abandonar México intentará visitar a sus hijos. Es la última oportunidad que tiene para verles en muchos años. Quizás para el resto de su vida. Como dice Manuel, "No viajamos para escapar de la vida. Viajamos para que la vida no se nos escape". Ojalá llegue a su destino y, como buena "semilla", pueda germinar. Lo merece.  

lunes, 2 de junio de 2014

El "Súbdito" Indiferente

           Supongo que como a cualquier español, esta mañana recibí con sorpresa la noticia de la abdicación del Rey. Sin embargo, a continuación me sobrevino una tremenda indiferencia.

            Como republicano, tendría que estar alegre y fantaseando con la idea de un referéndum sobre un nuevo modelo de Estado Español. Pero no he sentido ninguna de las emociones que mi sistema de valores debería provocarme. He tenido un gatillazo ideológico y veo difícil enderezar el asunto. Quizás sea porque mis valores están cambiando y ahora me preocupan mucho más otros problemas. 

            Puede que también influya el hecho de que esta renuncia no va a cambiar nada. Está rellenando titulares, sacando ediciones especiales de periódicos y revistas, encendiendo debates televisivos y creando un montón de mini- documentales, hechos deprisa y corriendo, para los noticieros. También ha levantado decenas de miles de voces exigiendo la Tercera República y llevando la reivindicación a las calles. El debate es muy positivo pero dentro de unos días, ¿qué?

            Ni el Gobierno ni la oposición plantearán jamás el referéndum ni modificarán la Constitución para poner fin a la monarquía. En el ámbito social, vendrá el mundial de Brasil y la Roja (¡qué nombre tan paradójico!) copará la atención de los españoles. Lo que hagan los chicos de Vicente del Bosque inevitablemente es más importante que cuestionarse si merece la pena seguir viviendo bajo un extraño híbrido que procede del medievo.

            En un mes, Felipe VI será coronado y su infeliz esposa por fin será reina. Letizia seguramente estará más sobrepasada todavía por las circunstancias. Sus inestabilidades emocionales en forma de desplantes institucionales y anorexia nerviosa rellenarán "Sálvames" con la duración de un discurso castrista. También cambiarán las monedas de uno y dos euros de nuevo cuño, que ahora tendrán la efigie del ex- príncipe. Su firma aparecerá ahora en los diplomas oficiales, será el nuevo rostro del monolítico discurso navideño y veremos su foto en cualquier oficina de la administración pública.  

            No nos engañemos. La República no va a suceder. Al menos ahora mismo. Si los españoles han fallado defendiendo el Estado del Bienestar, que es lo mejor que podrían haber tenido jamás, difícilmente harán causa común por un sistema que posee fuertes connotaciones de violencia anticatólica y crueldad anarco-comunista. De hecho, seguro que hay muchos juancarlistas de pro que ahora mismo están paralizados por el pánico ante la posible desintegración de la indisoluble unidad española por la desaparición en la escena pública de su garante. 

            Conste que, como señalaba al principio, yo también preferiría vivir en una Tercera República Española. No tanto por el ahorro económico de una Casa Real, que en términos absolutos de los Presupuestos Generales del Estado es muy reducido, sino por el acto simbólico de superar figuras retrógradas que no aportan nada al país desde el terreno práctico.

            Antes me molestaba mucho la Familia Real. A veces con un odio irracional. Y, curiosamente, empecé a dejar de preocuparme tanto por ellos cuando los escándalos de corrupción empezaban a salpicarles y eran los demás quiénes sacaban la tiña oculta durante décadas. Pero con un permafrost  ártico disolviéndose y que puede soltar a la atmósfera, en un periodo preocupantemente corto de tiempo, una cantidad de gases de efecto invernadero superior a la emitida por todo el planeta durante las últimas décadas, creo que si España es República o Monarquía Constitucional resulta una cuestión nimia. Si Felipe está preparado para reinar o no, me importa un carajo en comparación con la aplastante victoria que el Frente Nacional francés y demás grupos fascistas están logrando en Europa. Al fin y al cabo, Juan Carlos fue heredero de Franco pero nunca azuzó al odio racial ni puso en peligro el delicado equilibrio europeo.

            Ya saben que el mundo sigue todavía consumido por la guerra, el hambre y la pobreza. El asqueroso fracking está agujereando medio planeta y contaminando los acuíferos de los cuales bebemos. Los mercados neoliberales están asaltando los privilegiados beneficios sociales que nos costaron dos holocaustos mundiales conseguir. Sinceramente, eso es lo que me preocupa ahora.


            Los antimonárquicos suelen despedirse con un "Salud y República". De momento me conformo con que mantengamos la salud. Debe ser que estoy haciéndome mayor.